Cuando el olor a incienso y corozo inunda las calles de Guatemala, hay un aroma que también se apodera de las cocinas chapinas: el de los molletes. Este postre es, por excelencia, el protagonista de la gastronomía de Semana Santa, ofreciendo un consuelo dulce tras las largas jornadas de procesiones.
¿Por qué se comen en Semana Santa?
Tradicionalmente, en Guatemala se acostumbra consumir platillos que puedan prepararse con antelación o que se conserven bien durante los días de guardar. El mollete, al estar sumergido en almíbar, se mantiene fresco y delicioso, permitiendo a las familias dedicar tiempo a las actividades religiosas sin descuidar el banquete tradicional.
Los molletes guatemaltecos son una herencia colonial que ha evolucionado para adaptarse al paladar local. Durante la Semana Mayor, las familias se reúnen no solo para ver los cortejos procesionales, sino para compartir un plato de molletes bañados en almíbar, simbolizando la hospitalidad y la unión familiar.

Molletes vs. torrejas: ¿cuál es la diferencia?
En las ferias de Cuaresma y en las mesas hogareñas, es común ver ambos, pero no son lo mismo. Aquí te dejamos la clave para distinguirlos:
- Los molletes: El pan se corta a la mitad para ser relleno de manjar (crema de leche y fécula de maíz) y, a veces, se le añaden pasas. Es el favorito de quienes buscan un postre más elaborado.
- Las torrejas: Son el mismo pan dulce, pero sin relleno. Se pasan directamente por el huevo y el almíbar.

Anatomía del mollete perfecto de Cuaresma
Para que un mollete sea digno de una mesa guatemalteca en Semana Santa, debe cumplir con tres elementos sagrados:
- El pan de manteca debe ser poroso para que absorba el almíbar sin desarmarse.
- Un bañado de huevo esponjoso que sella el pan y el manjar mediante una fritura rápida.
- Su dulce aromatizado con canela, pimienta gorda y clavo de olor. Algunos agregan una pizca de sal para realzar el dulzor.