A la 1:00 de la mañana, cuando el silencio todavía reina en Santiago Tolman, el cuchillo de María del Carmen ya está golpeando la tabla de madera. Pica jícama y betabel. Horas más tarde, en algún lugar de Nezahualcóyotl, Elvia se levanta para iniciar su jornada laboral que comienza en casa.
No se conocen entre sí, pero habitan el mismo universo: el del tianguis de la Campestre Guadalupana; aquellos “mercados itinerantes” llenos de algarabía que a través de ellos nos reconocemos y conocemos nuestros barrios.
Estas dos mujeres han trabajado, por años, en sus puestos de frutas y verduras, son historias vivas de lo que las cifras oficiales llaman ‘informalidad’.
Desde que tengo memoria todos los martes mi madre sale de casa para ir al tianguis, que se coloca en la colonia contigua de donde crecí, y donde vende María del Carmen y Elvia.

En mi niñez bastaban 50 pesos para llenar el refrigerador de frutas y verduras; en la actualidad se necesitan 500 pesos o más, lo mismo sucede para ellas como vendedoras, hay días buenos o malos en donde la fruta o verdura se llega a quedar y la ganancia es menor.
El tianguis de la Campestre Guadalupana, una colonia del municipio de Nezahualcóyotl, en el Estado de México, reúne sin falta, todos los martes, a mi madre y aquellas dos mujeres con las que platiqué en el marco del Día de la Mujer.
Conozco a María del Carmen Aguilar Beltrán y Elvia Martínez Fernández a través de conversaciones con mi madre, “la señora del tianguis me regaló esta sandía”, “el esposo de la señora de la verdura es diabetico”… las he visto a lo largo de los años siempre detrás de sus puestos con sus mandiles. ¿Cuántas veces habré comido gracias a las manos de Carmen y Elvia?, me pregunto.
Son mujeres que por años han trabajado en este espacio y son el rostro detrás de una cifra fría: de las 13.6 millones de mujeres con un empleo informal en 2025, lo que representa un aumento de 125 mil respecto a la del trimestre julio-septiembre de 2024, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE).

Criar entre cajas de fruta: El rostro de la informalidad
María del Carmen Aguilar Beltrán, de 58 años, detiene su rutina de los martes por algunos minutos para platicar conmigo. Se coloca al lado de su puesto de frutas y con los nervios reflejados en piernas y manos, se quita su mandil y sonríe a la cámara mientras se presenta:
“Nací el 14 de noviembre de 1968 y vivo en el municipio de Santiago Tolman. Allá nací y me dedico a trabajar en el comercio”.
Carmelita, como le dice mi mamá, tiene 7 hermanos (cinco mujeres y dos hombres) solo estudió hasta la primaria porque debía ayudar a su padre en el campo: piscar el maíz, juntar el zacate, el frijol, la tuna, los nopales. No había tiempo para el estudio mucho menos para el juego.
Le pregunto sobre la relación con sus padres y, sin saberlo, rozo una herida. María del Carmen reconoce que su madre era una mujer muy estricta y para su padre no había hijos solo peones que le ayudaban a obtener más terrenos.
Recuerda aquella época en la que trabajó para su mamá en una cocina, mismos abusos que con su padre. Su vida la llevó a escaparse a los 19 años con su entonces novio, ahora marido, y asegura que es mucho más feliz que con sus padres.
“Yo soy la que administra el dinero y mi marido todo me consiente, todo lo que yo quiera comprarme me compro, nunca me dice no o ¿por qué lo haces? o ¿por qué te compras? […] yo soy de las personas que nunca le ando avisando”.

Mientras recuerda partes de su historia de vida, los gritos del alrededor la hacen regresar al presente: ¿a cuánto el kilo de mamey?, ¿está buena la pera?, ¿tiene una papaya para hoy? Carmen trata de no derrumbarse mientras recuerda cómo fue maternar a sus tres hijos entre cajas de frutas.
En el tianguis los espacios se venden, nadie puede llegar y colocarse, aquí te ganas tu espacio y el respeto. Carmen recuerda que al llegar a la Campestre Guadalupana no tenía un lugar, se ponía a vender (entre ropa de segunda mano) nopales, quelites, vainas, xoconostles y lo que encontraba en el campo.
“Se me hacía difícil porque luego mi niño más grande se me iba, lo perdía, y luego dejaba el puesto y lo iba a buscar. Siempre los traía yo en el tianguis”.
El trabajo informal permite a las mujeres tener mayor flexibilidad en sus horarios sin descuidar a sus hijos y el hogar, aunque perciban un menor ingreso. Una trampa bien vendida: flexibilidad a cambio de derechos.

No todos tenemos las mismas 24 horas
Con mucho trabajo, Carmelita pudo hacerse de su puesto de frutas en donde a la fecha vende de todo: fresas, papaya, pera, mandarina, frambuesas, arándanos, naranja, maracuyá, por mencionar algunas.
También ofrece ensaladas y postres lo cual requiere mayor esfuerzo, levantarse a la una de la madrugada para comenzar a picar y preparar cada vaso de fresas con crema, de gazpacho o de ensalada navideña. Carmen enlista sus horarios de trabajo:
- Lunes y jueves: 5:00 am
- Martes: 2:00 am
- Miércoles, viernes y domingo: 1:00 am
Para ella esos horarios son normales, no hay tiempo para detenerse ni mucho menos para descansar, le pregunto qué hace en su tiempo libre y su respuesta inmediata es: lavar y limpiar.
También vende fruta y postres en los tianguis del Peñon de los Baños y El Vergel. Asegura que para tener dinero hay que trabajar y mucho, aunque sea muy cansado. Le cuesta describirse pero reconoce que es una mujer trabajadora y eso es lo que le gustaría que sus hijos aprendieran de ella.
En México siete de cada 10 mujeres que trabajan en el mercado laboral son madres y 58% de ellas tienen empleos informales, es decir que no cuentan con seguridad social ni con las prestaciones que marca la ley, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
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35 años trabajando bajo las lonas rojas
A unos cuantos metros del puesto de Carmen se encuentran las verduras frescas que vende Elvia Martínez Fernández, de 53 años: chiles, calabacitas, zanahorias, nopales, chayotes y mucho más.
Toma una silla y se acomoda para comenzar con la plática: sus primeros recuerdos son a los 6 años cuando migró a la colonia Estado de México, en Ciudad Nezahualcóyotl, donde cursó el kinder y la primaria.
Sus padres trabajaban por lo que ella y sus ocho hermanos se quedaban en casa, no quiso estudiar la secundaria porque las matemáticas no le entraban y le daba pena pasar de ciclo escolar; de haber seguido estudiando le hubiera gustado ser doctora.
Elvia asegura que de joven “era burra” pero me deja muy en claro que ya no lo es; mientras la veo trabajar confirmo lo que me dijo, las sumas y restas son su pan de cada día, las cuentas son exactas. Se ayuda de una pluma, de sus dedos, y de algún espacio libre en una caja de cartón para no equivocarse.
Se casó en 1991, a los 18 años, y comenzó a trabajar en los tianguis junto con su esposo con el que está a punto de cumplir 35 años de casada. La familia creció y Elvia se convirtió en madre de 4 hijos, tres mujeres y un hombre.

Por años, su vida giró alrededor de las necesidades de sus hijos, había que atenderlos por la mañana y luego ir a su “segundo turno” en el tianguis. Asegura que cuando era más joven sí cargaba cajas pero ahora es casi imposible debido al esfuerzo físico que eso implica.
Lo que hemos disfrazado detrás del estandarte del amor es definido como trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, que incluyen labores diarias esenciales como limpiar, cocinar y cuidar familiares, realizadas mayoritariamente por mujeres sin recibir sueldo.
En México, las mujeres suman en promedio 40 horas a la semana en cuidados, frente a solo 16 horas en el caso de los hombres, según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2022.
Si el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado se contara como parte del Producto Interno Bruto (PIB), en nuestro país representaría el 26% del PIB, tres cuartas partes es realizado por mujeres, se trata de un pilar invisible que sostiene nuestra economía, la sociedad y muchas vidas.

Más que vendedoras: Mujeres que sostienen la economía
Elvia se queda muda después de preguntarle qué significa ser mujer para ella, busca las palabras entre los chiles y las calabacitas, pero no llegan. No es que no sepa quién es, es que en una vida donde las 24 hrs no son las misma para todos, no ha tenido un segundo para preguntárselo.
Tal vez Elvia no tenga una respuesta para contestar mi pregunta pero lo que sí tiene claro es que la relación con sus hijas está muy alejada a la de su mamá, se ha encargado de construir una círculo de confianza en donde no haya miedo de hacer preguntas.
Carmen y Elvia, así como millones de mujeres en el mundo, sostienen toda una estructura familiar y social: son mujeres, esposas, novias, profesionales, madres; una tarea que les exige ser cocineras, maestras, modistas de disfraces, arquitectas de maquetas, maquilladora profesional para los festivales escolares, psicóloga de sus hijos, mecánicas, y podría seguir la lista.

Al sumar el tiempo total de trabajo (remunerado y no remunerado), Carmen y Elvia tienen una carga total de trabajo igual o superior al de sus esposos.
No percibir ingresos propios nos hace económicamente más dependientes, aumentando nuestra vulnerabilidad a situaciones de discriminación y violencia de género.
Al final del día, cuando las lonas rojas se doblan y el asfalto de la Campestre Guadalupana queda vacío, Carmen y Elvia regresan a casa. No hay medallas por su jornada doble, ni bonos por su eficiencia. Solo queda el cansancio y la satisfacción de haber terminado otro día más.
Este 8 de marzo, Día de la Mujer, mientras que desde el poder se felicita a las mujeres, y poco se trabaja por nuestros derechos, Carmen y Elvia están ahí, detrás del puesto, demostrando que la economía de este país es gracias a ellas también.